jueves, 19 de junio de 2008

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Una constante en la presentación de las personas cercanas a Amélie al inicio de la película es describir lo que les gusta y lo que les incomoda. Son pequeñas cosas, algunas insignificantes pero parecen decirlo todo sobre una persona.
Por ejemplo su padre le incomoda orinar cerca de alguien, atraer miradas de desdén hacia sus sandalias, o que se le pegue el bañador al salir de la piscina.
A la madre le disgusta que se le arruguen las yemas de los dedos por culpa del agua caliente, las marcas que le dejan su almohada al levantarse o que alguien le roce la mano sin querer.
Nos puede proporcionar placer cosas tan sencillas como reventar burbujas de plástico de embalar, crujir los huesos de las manos, la ropa ajustada de los patinadores o toreros o lustrar zapatos.
A Amélie le gusta sumergir la mano en el puesto de lentejas cuando nadie le ve, qué sugerente, ¿no? Es que ésta película no deja de ofrecer momentos así, especiales, limpios, infantiles pero inteligentes, que hacen sonreír el alma de artista de cada uno, hacen ver cuánta belleza tiene la vida hasta en lo más pequeño.

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